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martes, 19 de enero de 2010

Notiecológicas

Haití, Un Infierno en la Tierra: La Erosión del Suelo es el Problema, el Terremoto una Tragedia

Pobre gente, pobre tierra, pobres suelos. Y ahora, un país ya desolado es pasto de los terremotos, como antes lo fue de huracanes, etc. Mala política precolonial, peor aun la postcolonial, crueles y sanguinarios dirigentes, vudú del malo por doquier. ¿Resultado? Desolación y muerte. Las 40.000-100.000 mil víctimas del terremoto y el colapso de Puerto Príncipe no son, lamentablemente, más que otro episodio que azota a un pueblo que no para de sufrir lo indecible. La FAO, ONU, National Geographic, etc. etc., claman, desde hace tiempo, por el drama de una población en manos de unos políticos cuyo principal error devino de una vasta deforestación, tras la cual los suelos se erosionaron.
Sus actuales tierras, yermas, no producen prácticamente nada. Y cuando llueve, el lodo de las laderas deforestadas lo arrasa todo impotabilizando el agua. En tal situación, y abandonados a su propio destino, su soberanía alimentaria se perdió casi por completo. Hoy deben vivir importando arroz y otros alimentos básicos.
La geofagia (literalmente comerse el suelo con un poco de grasa) complementa la dieta de los más miserables. ¿Agua potable?. No hay que preocuparse, hay muy poca y el gobierno la impone un precio que muchos no pueden asumir. Y los desheredados, la mayor parte de su población, la beben contaminada. Mientras tanto, su gobierno expropia tierras para crear urbanizaciones. Los campesinos se ven obligados a emigrar a la montaña y cultivar, a costa de erosionar el poco suelo que allí queda tras las deforestaciones.
Parece que ya no recordamos el drama de hace tan solo 10 meses sufrió este mismo pueblo (ver abajo). Ni el mapa de suelos del mundo sirve para hacernos una idea de la magnitud del problema, por cuanto la mitad del suelo arable se ha perdido desde 1975 (más o menos en la fecha de publicación de aquel).

Frontera Entre Haití y República Dominicana La diferencia de verdor y erosión es patente. Fuente: LinknZona

Hace ya muchos años, el antiguo presidente de la SECS, Carlos Roquero, nos narraba en una cena su experiencia en Haití tras un viaje que realizó a este país como asesor de la FAO. Los asistentes no dábamos crédito. Estábamos espantados. Y lo de la magia negra, o para ser más precisos el vudú que allí practican (es decir prácticas médico-religiosas cuyas raíces nacen en África) es inenarrable. Os ahorro tal escabroso tema. Ya Wikipedia da cuenta de lo acaecido.

Como sabréis Hatí y la República Dominicana forman parte de la Isla Española. Basta comparar en Wikipedia las diferencias entre ambos países para darse cuenta de lo que los susodichos organismos y revista demandan. Su histórica política de conservación de suelos es el origen de sus miserias. Una vez perdido, ya no hay donde producir alimentos de forma rentable. También debemos llamar la atención sobre el problema demográfico. Todo es un desastre. Con una pobreza extrema que azota a casi al 80% de la población, los hogares son penosos y fácil presa de terremotos, deslizamientos por lluvias torrenciales, huracanes y otros desastres naturales, con independencia de que este haya sido brutal. Lo dicho, el infierno terrenal.

Veamos pues algunos pasajes que National Geographic realizó el mes de septiembre de 2008, bajo el título de “Haití: Tierra pobre”, no sin antes decir que si la tragedia actual alerta al mundo de su ceguera, a la larga será una bendición. Pero conociendo como funciona la globalización económica…….. Ya os muestro abajo la nefasta política de cooperación interracial denunciada por las ONG y conservacionistas. Resulta, que se les ofrece asistencia con vistas a producir alimentos de exportación, pero no a la hora de cubrir sus necesidades básicas de la inmensa mayoría de la población. ¡Vaya modo más repugnante de auxiliar al tercer mundo! Así son los defensores de la globalización y bobalización económica. Las grandes haciendas frotándose las manos y los ciudadanos muriéndose de hambre. Cabría achacarles a unos y otros de ser responsables de un magnicidio tras otro.

Por: Juan José Ibáñez

Más sobre la problemática ambiental en: Haití: Tierra pobre (National Geographic)
Haití ha perdido su suelo… y los medios para alimentarse. Escrito por: Joel K. Bourne Jr. el 01 de Septiembre de 2008

lunes, 18 de enero de 2010

Notiecológicas

Haití: el terremoto afecta a un país que está siendo social y ecológicamente destruido desde hace décadas

Ya se ocuparán otros de anunciar las cifras de la nueva desgracia que acaba de abatirse sobre Haití. Yo sólo quiero recordar ahora hasta qué punto esta isla en la que he venido realizando numerosos reportajes periodísticos ha sido destruida social y ecológicamente en las últimas décadas con la complicidad de los EEUU y de la ONU.

Viajando a bordo de una de las avionetas que comunican Santo Domingo con Puerto Príncipe, la capital de Haití, es ocioso que el piloto anuncie la frontera: para comprender que se comienza a volar sobre paisaje haitiano, basta percatarse del momento en que los árboles desaparecen bruscamente. En cosa de minutos, Haití apenas ofrece otra cosa que una sucesión de montes pelados: esta parte de la isla que apenas tiene el tamaño de Bélgica y suma 8 millones de habitantes y que fue otrora conocida como “la perla de las Antillas” se ve desde aire como un mundo lunar surcado por cauces carente de agua cuando no llueve.



El penoso estado de la mitad de la antigua Española viene a añadirse al sinnúmero de desdichas, a los miles de muertos, a los millares de exiliados generados por los Duvalier, dictador padre y dictador hijo. Les sucedió Jean-Bertrand Aristide, el cura secularizado que, antes de ser depuesto, llegó a acumular con su abogada y esposa cerca de 850 millones de dólares de fortuna personal, sin duda para “sus pobres” de la Ciudad del Sol, los que le llevaron al poder en los años 80. Haití sufre uno de los medioambientes más degradados de las Américas: uno de los pocos estados del planeta en los que la historia del país se confunde totalmente, y de continuo, con la degradación de la naturaleza y del medio ambiente, porque los sucesores de los chiflados y de los dictadores no lo han hecho mejor.

En la región de Bombardópolis, en el extremo este, los campesinos se han visto reducidos con los años a desenterrar las raíces de los árboles para convertirlas en carbón vegetal. Porque hace mucho ya que cortaron los árboles. Venden este carbón, éste y otro que producen a partir de troncos que van encontrando todavía, para ganarse unas cuantas gourdes, la moneda local sin apenas valor. El grueso de los haitianos, señaladamente en la región de Gonaïves y en el norte, cocina con este combustible la poca comida que le separa de la muerte por inanición. Dos tercios de los haitianos, sobre todo en el norte y en el este, no tienen otra cosa que ese carbón vegetal, vendido a sacos a pie de carretera. La cubierta forestal de Haití se reduce ya a menos del 1% de la superficie.

Los árboles fueron primero víctimas del cultivo de la caña de azúcar y del café; luego, de una exportación incontrolada que enriqueció a la clase dominante y a los norteamericanos. Lo poco que queda, sirve de “leña de fuego”, como se dice en África, o de base para el carbón vegetal. La pugnaz competición que enfrenta a campesinos pobres con campesinos –un millón— sin tierras se solapa con los enfrentamientos entre bandas armadas. Las fuerzas de las Naciones Unidas no han logrado poner más orden en esos problemas que una clase política que, reproduciéndose de forma idéntica lustro tras lustro, ha perdido todo vínculo con una población en situación de abandono: el 1% de la población acapara al menos el 60% de la riqueza de un país abocado a la autodestrucción.

Cada año, lluvias más y más devastadoras a causa de las alteraciones climáticas que multiplican la violencia de huracanes y ciclones se precipitan sobre una superficie incapaz ya de retener tierra cultivable. Las tierras transportadas ni siquiera se detienen ya en los llanos, y ganan la costa: cada año, entre 37 y 40 millones de toneladas de tierra van a dar en la mar, y sólo el 10% del agua de lluvia penetra en el suelo. El resto discurre rápidamente sobre unos suelos encallecidos en la imposibilidad de que la retenga cualquier vegetación. Múltiples consecuencias: la irremediable alteración de los microclimas de la isla, el agostamiento de mantos freáticos vitales, 400 ríos o desaparecidos o con caudales que fluyen apenas unas semanas al año. Como en el caso de la leña, unas hostilidades pseudopolíticas enfrentan entre sí a los campesinos y a los campesinos con los grandes propietarios por el control del agua subsistente: se forman bandas que matan por el control de un simple canal de irrigación. Esta sequía progresiva ha llegado a un nivel inquietante en la segunda mitad de los 90, trayendo consigo la desaparición de los abundantes peces de agua dulce que constituían el alimento básico de muchos habitantes. En la llanura de la Arbonita, hacia el norte, los propios risicultores ya no tienen agua bastante para sus cultivos de arroz.

Una paradoja para un país en el que llueve desde luego mucho durante la mayor parte del año. Y año tras año desaparecen risicultores, porque los EEUU exportan a Haití 250.000 toneladas de arroz norteamericano públicamente subvencionado, y por lo mismo, menos caro que el arroz local que se compra en los mercados.

Cada año, millares de personas pierden la vida a causa de las inundaciones que transforman la menor pendiente en un torrente furioso. Decenas de veces al año, un pequeño viento huracanado que dure media hora basta para que Puerto Príncipe, rodeado de colinas, se vea invadido desde las alturas de la capital por toneladas de detritus que se acumulan en las calles de la baja ciudad, en donde viven los más pobres. En la Ciudad del Sol, el suburbio costero más miserable, el bastión desde el que Aristide lanzó su carrera como sacerdote y luego como político, la densidad demográfica es de 10 personas por metro cuadrado: algunas familias llegan incluso a turnarse para dormir en las chabolas que uno de cada dos huracanes o destruye o inunda.

En este universo ecológicamente catastrófico que, desde 1940, ha perdido dos tercios de sus tierras cultivables la esperanza de vida ha retrocedido hasta los 52 años, lo que se explica, en parte, por una de las mortalidades infantiles –insalubridad mediante— más altas del mundo: 77 por mil. El Sida, desde luego, pero también todas las enfermedades contagiosas posible e imaginables, incluidas las que hace tiempo desaparecieron ya del resto del continente americano. El estado del agua refleja, a la vez, el estado del medio ambiente y el estado de un país, uno de cuyos escritores se preguntaba recientemente “si, a pesar de las apariencias, existe realmente”.

A todas estas desgracias hay que añadir la contaminación atmosférica generada por la circulación urbana de Puerto Príncipe y por las fábricas instaladas en el país, señaladamente alrededor de la capital. No hay la menor legislación reguladora de los residuos lanzados a la atmósfera por las instalaciones industriales. Y causa de eso, y también con ánimo de sacar provecho de una mano de obra más barata todavía que la asiática y de una legislación defiscalizada, muchas empresas norteamericanas e internacionales han instalado plantas de producción en Haití. Contaminan, salvo, claro está, en las zonas altas de la capital, en las que viven, por encima de la nube fétida, los propietarios de unos 4 X 4 con cristales opacos blindados que, bajo la protección de guardias privados, salen de unas mansiones que más que villas parecen muchas veces verdaderos castillos. Castillos bien provistos de cámaras de vigilancia…

Dos proverbios haitianos, uno en francés y otro en creole, resumen la situación de un país del que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente dejó dicho en 2003: “El mundo no tienen la menor idea del horror de la situación que se vive en Haití.” El primero: “Un negro rico es un creole, un creole pobre es un negro”; el segundo, en creole: “En Haití es el blanco quien decide”. “Blanco”, en Haití, quiere decir “extranjero”. Nada autoriza a pensar que, desde el punto de vista de la naturaleza y del medio ambiente, lo mismo que desde el punto de vista político, la situación pueda cambiar a corto plazo. Pues, como explicaba un diplomático francés durante una de las numerosas crisis: “Para salir del hoyo hay que empezar al menos a dejar de cavar”. El terremoto no es sino una desgracia más para este pueblo apasionante que se debate entre la desaparición y la muerte.


Por: Claude-Marie Vadrot . http://www.ecoportal.net/

Más sobre la problemática ambiental en:

* Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, es un libro originalmente publicado en 2005 en inglés por Jared M. Diamond *http://es.wikipedia.org/wiki/Desastre_natural

*http://es.wikipedia.org/wiki/Hait%C3%AD . Aspectos generales sobre Haití